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aprender con los mayores Imprimir E-Mail
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por Catalina Mas Llull

Los niños pequeños quieren ser iguales que la gente mayor y hacer lo mismo que ellos. Los padres y los adultos cercanos son sus primeras referencias en el mundo donde han nacido y que intentan conocer y comprender; necesitan examinar, tocar, deshacer, experimentar todo lo que les rodea para intentar hallarle sentido.
Si los mayores utilizan varios objetos de la casa, éstos se convierten automáticamente en cosas interesantes.

Cuando se está preparando la cena, quieren cocinar, cuando se clava un clavo, piden un martillo; cuando se trabaja al ordenador, insisten en inspeccionar y pulsar el teclado. Y no valen los sustitutos disuasivos (“¡Aquí tienes tu martillo de juguete y no te harás daño!”, “¡Haz un dibujo a mi lado mientras apago el ordenador!”) ni la típica frase “¡No toques eso!”.

A los niños pequeños les es imposible entender por qué no se les permite tocar todo lo que los demás tocan. No tienen sentido de lo que es frágil, peligroso o valioso. A veces estas situaciones se vuelven complicadas, y la solución no es fácil. Siempre podemos guardar o cambiar de sitio ciertos objetos de la casa, hacer tareas domésticas concretas a ciertas horas, no alarmarse tanto cuando el niño descoloca objetos en el supermercado o simplemente no ir allí con él cuando se acerca la navidad. También diremos “No”, pero después tendremos que saber escuchar su frustración. Respetar las cosas no significa no tocarlas nunca, sino hacerlo con cuidado, utilizarlas para su finalidad y volverlas a poner en su sitio. Y si les negamos continuamente una acción, acabarán perdiendo el interés, y eso tampoco es deseable. Además, los niños son menos enrevesados y destructivos de lo que solemos pensar.

Este proceso también nos pide a los padres y madres más tiempo, más paciencia, más imaginación para responder a su curiosidad innata. Y, sobre todo, más confianza en nuestros hijos: es su excelente manera de aprender. Dejemos que ensucien la cocina y el delantal o los pantalones con los huevos y la harina, y cuando sea hora de emplear el aceite le podemos ofrecer otro trabajo o dejar que toque un poco la botella mientras nosotros vertemos el pringoso líquido. Además, al acabar, también querrá ayudar a limpiar y fregar la cocina. Claro que todo este proceso nos pedirá el triple de tiempo, o algún plato roto. No siempre será posible, pero intentemos buscar momentos para estar abiertos al desorden, a la ineficacia, ¡a la no productividad!


Los padres, las madres, los abuelos, los maestros y todos los adultos cercanos son modelos que, indirectamente, educan. No todo lo que hacen ellos es peligroso y delicado: les gusta pasear, leen revistas, compran en el mercado y en la tienda de comercio justo, se peinan el pelo, abrazan a los que aman, limpian los cristales, van a reuniones, hablan con los amigos, celebran fiestas, etc. Si dejamos que los hijos estén cerca de las vivencias de los mayores, les estamos ofreciendo mil oportunidades de observación que pueden acabar en aprendizaje. Una abuela comentaba que un día que estaba trabajando con la máquina de coser, llegó su nieta de 7 años de visita. La niña se quedó maravillada con aquel aparato y observaba en silencio el pedal que movían los pies, el hilo que se clavaba en la ropa, el mecanismo metálico, las tijeras que cortaban el hilo de embastar, etc. No pidió probar la máquina; quizás era lo bastante consciente de que sin la destreza de la abuela para repuntar había peligro con aquella aguja veloz. Se sentó al lado, y durante un rato estuvo desembastando toda la ropa que la abuela terminaba. Hoy en día diríamos que se trata de una óptima actividad extraescolar. ¡O mejor todavía!


Este impresionante “método” de aprendizaje está siempre funcionando. A mis hijos siempre les costaba lavarse los dientes antes de ir a domir; todo eran excusas. Nuestra casa tiene dos baños, y durante unos días hicimos obras dentro de uno de ellos, así que pequeños y mayores utilizábamos el mismo. Ver al padre y a la madre lavarse los dientes provocó, de manera automática, su entrada en el baño, que nos miraran y que se pusieran el cepillo en la boca.

También hay casos en los que un progenitor provoca conscientemente la situación. Un niño de 6 años se había angustiado un poco con las clases de enseñanza de lectura y escritura. Consiguió cumplir sus objetivos y el informe de final de curso hacía una referencia positiva de todo lo referente a la Lengua Catalana. Pero llegado el verano, no se acercaba a los cuentos. Aunque sus padres le colocasen los libros al lado de la cama o por toda la casa, no los tocaba. Prefería hacer otras cosas. Un buen día, su madre, que siempre leía por las noches, cuando todos los hijos dormían, pensó en cambiar el hábito y hacerlo después de la comida, en medio de la sala. El resultado fue extraordinario; aquel niño, sin decir nada, al cabo de pocos días se sentó a su lado con un cuento en las manos. Otro ejemplo interesante lo explicaba otra madre cansada de que el tiempo de ver la TV se alargara más de la hora prevista. Después de intentar disuadir a los niños con frases típicas como “¿Por qué no vais a jugar?”, se puso a construir un puzle en la mesa de al lado de la tele. Al cabo de pocos minutos, dos de sus tres hijos estaban con ella componiendo el rompecabezas.

Debemos saber que los niños son especialmente sensibles a nuestro grado de interés y motivación. El espíritu que tiene que haber detrás de las acciones de los adultos para que atraigan a los pequeños debe ser de alegría, de sencillez, de exuberancia, dice el educador John Holt, como “el espíritu que hay detrás de todos los juegos infantiles, incluido aquél con el que nos proponemos averiguar cómo funciona el mundo, y que llamamos educación”. Los niños y niñas no sienten interés si sus padres no lo sienten, y si no actúan con naturalidad. En cambio si ven a los adultos hacer cosas con mucha atención y gran placer, se sentirán irresistiblemente atraídos. Tampoco se trata de ser modelos perfectos. Podemos ser nadadores sin estilo o jugadores inexpertos de ajedrez. Podemos intentar recordar “Fum, fum, fum” con la flauta de cuando cursábamos la EGB o iniciarnos en la observación de las estrellas. Todo se volverá curioso si para nosotros realmente lo es. Además, nuestras imperfecciones nos convierten en modelos más realistas, más conseguibles. Los modelos “profesionales” son espectaculares, pero también pueden ser considerados como lejanos e imposibles.

La educación por referencias, por decirlo de alguna forma, es uno de los numerosos caminos del aprendizaje. No es el único, ni el más evidente, ni siempre es eficaz. Sobre todo porque son los niños los que deciden qué quieren aprender y cómo. Necesitan descubrir las cosas por si mismos: explorar y comprender la cultura existente a su manera.


Admiración por los niños mayores

Suele pasar que una niña de 4 años prefiere estar con una prima de 12 años que con otra de su misma edad o más pequeña. Y que los hermanos mayores son referencia de los pequeños. Las niñas mayores ofrecen una maravillosa mano, más accesible y más comprensible, para conocer y entender todo lo que pasa alrededor, sin llegar a ser tan “perfecto” y tan inalcanzable como un adulto. También posibilitan un abanico mayor de vivencias y experiencias que los niños de su misma edad. Y quizás también, los niños más mayorcitos comprenden mejor el lenguaje de los menores y les hablan de forma más cercana.


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Catalina Mas Llull es Pedagoga y madre de tres hijos. Ha sido una de las fundadoras de la Asociación Neixer i Creixer de Mallorca. Actualmente forma parte del consejo de redacción de la revista VIURE EN FAMÍLIA y coordina talleres para padres en diferentes Municipios de la Isla.




*Artículo publicado en el número 17 (Diciembre de 2005) de la revista VIURE EN FAMÍLIA.

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