Por Carolina Medeiro, psicopedagoga.

Al bebé desde que nace se le pide que ingrese rápidamente a un entorno muy elaborado y complejo, sin tener en cuenta que viene preparado con una maduración individual, es decir la evolución de sus propios ritmos biológicos y la adaptación paulatina al entorno con sus pautas, sus ciclos (día y noche), sus estímulos y más tarde sus normas.

No se puede forzar el avance del niño, el que va a depender de su maduración neurológica y de su maduración psicológica. Creemos que si no ejercemos “el control” sobre los niños, perdemos el propio rumbo. Recuperaríamos el sentido de la existencia humana, si nos diéramos la posibilidad de reconectar con los hechos básicos de la vida desde el acompañamiento y la contemplación, no desde la manipulación y el intervencionismo. Lo que crea problemas no es la lentitud de los niños, sino el desajuste entre sus ritmos y los nuestros, sus necesidades y las nuestras.

La succión, permanece instintivamente como necesidad vital durante un tiempo prolongado, más largo de lo que los adultos tenemos ganas de esperar. Nos molesta y deseamos que se termine. Hay quien chupa los dedos de los pies o una mantita, para así resolver la necesidad de succión. A medida que deja el pecho materno, busca autónomamente placer. Para procurarlo no necesita de nadie, se sacia él solo… ¡si lo dejamos en paz!.

La succión suele ayudar a conciliar el sueño incluso, produce una reacción similar a la naturaleza del orgasmo. Además, con frecuencia, se combina con el frotamiento de determinadas partes del cuerpo como el pecho o los genitales. Muchos niños pasan así de la succión a la masturbación. La sexualidad infantil tiene que ver con la búsqueda instintiva de placer.

Es aconsejable que los niños sean los que sientan la necesidad de abandonar esta succión “no nutritiva” y los padres, los acompañemos. Cuando los niños chupan el chupete o su propio dedo, los adultos los amenazamos con: “No te pongas el dedo en la boca”; “¡Deja el chupete!”; “Ya eres grande para eso”. Hay momentos en que los niños buscan un espacio de soledad y tranquilidad, los adultos los molestamos afirmando que no pueden de esa manera estar tranquilos .Todos hemos visto alguna vez la reacción de la gente cuando ven a un niño de tres años con chupete. Entonces nos quedamos con la sensación de que “algo anda mal”. Lo importante es que el niño pueda gestionar por sí solo procurarse el placer por sus propios medios.

Nuestra mira debe dirigirse a la necesidad original, no en el modo que encontró para aliviar su pena.

Como papás vale la pena dejar de ser niños que creen que el otro sabe algo que nosotros sabemos perfectamente, para conseguirlo debemos ponernos la mano en el corazón. Así que lo mejor es seguir nuestra intuición y seguramente nos equivocaremos mucho menos.

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